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El primer
sueño de Prada se acunó en su vieja zapatería de
Cacabelos que era más que una zapatería. Era un bullir de
encuentros, gentes, artistas, lugareños de sencilla y rotunda filosofía...
era un zoco de ideas, búsquedas y libertades.
Corría entonces
la moda de despreciar lo autóctono y columpiarse en gustos e influencias
impostadas. Cruzaba España de atrás alante un calambrazo de plásticos
y aluminios, materiales efímeros, estéticas que se pudrían
antes de pasar un año. La despoblación del medio rural se
rubricaba con una vergonzante huída hacia lo urbano y sus servidumbres.
Valores y modos tradicionales se perdían en un barranco de prisas y
codicias. Las costumbres y patrimonios populares se despreciaban. Incluso la
fecundidad de las tierras bercianas veía perderse su riqueza sólo
estacional por no disponer de una base industrial de transformación
agraria.
¿Por qué no
asar, entonces, los pimientos y embotarlos como siempre se hizo en cada casa del
Bierzo? ¿Por qué no elaborar y conservar guindas o cerezas en
aguardiente, castañas en almíbar, higos en jugo de dioses?...
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