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Canedo es hoy un sueño
que se palpa con los ojos, se abraza con el paladar y se aloja imborrable en el
recuerdo.
Quien eligió este
lugar antaño echó raíces en un privilegio y quien levantó
esta casa tuvo que ser a la fuerza un soñador, un clavado de amores a
estas tierras y hondonadas que los montes abrigan para proteger su exuberancia.
Dos hombres soñaron esta mansión:
el que la levantó hace casi tres siglos y quien la volvió a soñar
desde su abandono porque comprendió que estos muros estaban hechos para
resucitar y sus tierras esperando ser de nuevo labradas.
Quien construyó esta gran casona,
este palacio hidalgo y clasicista, lo hizo pensando en siglos. Apostó en
firme. Imprimió en la obra la solidez de la piedra bien ensillada, armó
sus plantas con solemnes vigas de castaño, alojó dentro la
amplitud y la hospitalidad.
Esta gran casona tuvo alma noble y mucha
entraña de afanes y ajetreos. Era la dignidad hecha muro del Señorío
de Canedo. |